Mantis religiosa

 

img_20181108_083210_6291391983825.jpg

Ella estaba paseando, solitaria. Era otoño y tenía en exclusividad una playa entera para disfrutarla. Paseaba tranquila, con la cabeza alta y orgullo en el pecho. Satisfecha de ser quien era.
Cuando llegamos nosotros nos cortó el paso, nos paró en seco, giró 180° su cabeza y nos fulminó con la mirada.
Chano no quiso ni respirar, pero yo, confundiendola por el color con un bicho palo, agarré mi cámara y bajé a saludarla. Cuando me presenté ante ella y comprobé quien era ya era tarde para reaccionar, así que me senté despacito en la arena y quedé inmóvil haciéndole compañía. A ella, independiente y soberbia, no le gustó mi presencia y solo me soportó cuando me dejó claro dos cosas: que nunca más la vuelva a confundir con un insignificante bicho palo, que si ella es marrón es porque ha mudado sobre arena marrón; verde sería si lo hubiera hecho sobre hierba; que su fama y popularidad en el mundo entero se la ha ganado a pulso. que ya quisiera ese bicho tener sus potentes patas raptoras delanteras, orgullo y envidia de todo el reino animal, llenas de espinas para retener a sus presas, patas curtidas de gimnasio capaces de atrapar a otros insectos, arañas, anfibios y hasta aves como el colibrí. Patas que rezan antes de cazar.
Me dijo también que no pica, ni es venenosa, que ella sola es capaz de controlar una plaga de insectos.
Ella es independiente y se siente orgullosa por ello.
También me dijo, al oído, que hicieron correr la voz que se comen al macho cuando se aparean pero esto solo lo hacen menos del 25% de las hembras. Les gusta sembrar miedo y respeto hacia ellas. Viven de su fama voraz y aterradora aunque alguno se empeñé en tenerlas de mascota.
Yo le confesé que también tengo fama de aterradora, pero soy muy sensible y lloro por todo.
Entonces me dijo: fíjate en mi, fíjate bien en mi. ¿Y si yo no fuera el insecto cruel que creo ser? ¿Y si yo en realidad soy una flor?

Se acercó y me abrazó.
Después siguió paseando sobre la fresca arena, exhibiéndose, orgullosa y me olvidó.
IMG_20181101_103239_361

 

BUHO

Hay quien cree en dios. Hay quien lo hace en Noam Chomsky. Yo, profundamente, creo en el búho.

Este animal superior, salvaje, instintivo e intuitivo, observador, cazador y sabio hace dos años estableció su hogar en un gran árbol de acá, en casa, para nuestro asombro. Vino con su familia y poco equipaje y decidió que este era su lugar, el lugar donde quería estar.

Hace un año nos hicimos amigos, amigos para toda una vida. Chano y yo repetíamos sus movimientos de saludo, sus bailes, y se fijó en nosotros y le caímos bien. Cada día lo esperábamos en su despertar a las 7 de la tarde, no nos perdíamos de vista y vivíamos cada encuentro como algo mágico y, después, necesario.

Aprendimos sus costumbres, sus necesidades. Aprendimos a hablar como él. Y nos mostró mucho y nos enseñó mucho más. Lo vimos comer, cazar, volar, caminar,… qué hermoso y sorprendente caminar felino tiene el búho! y así su imagen quedó sellada en nuestro corazón.

Entonces llegó el momento de volvernos a España, y los búhos también volaron. Todos dejamos nuestro hogar, pero ellos no dejaron rastro. quizá un cazador los asustó, o nos imitaron en el emigrar.

Este año, al volver a Argentina, ya sabíamos que no estaban los búhos. Pero nosotros seguimos mirando hacia arriba, buscando ese imposible de algo bello que ya fué y no volverá. Y nuestra sincera fe creció, creció para mirar cada vez más alto. Cada noche lo hemos llamado, a su hora y en su idioma, con más nostalgia que esperanza.

Y entonces, este salvaje animal, vino. Vino a casa. Vino a reconocernos, a saludar; y cada noche ha seguido viniendo para nuestra dicha y nuestra fe que no se si mueve montañas pero sí que atrae búhos.

Hay quien cree en Alá, Buda o los mil nombres de dios. En el yin y el yang, en lo tangible o en lo efímero, en lo natural, en la razón o en la ciencia. Nosotros somos más de búho, y así simbolizamos nuestra fe.DSC_0585DSC_0595DSC_0651BICHOS