Lluvia bendita

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Celebramos la lluvia como si de agua bendita se tratara; como un regalo caído del cielo;
Nos gusta sentir como cae sobre la furgo mientras dormimos, cómo su repiqueteo nos adormece como una nana.
Y nos acompaña.
Y aprovechamos para abrazarnos mientras dure la tormenta, sin prisa, sintiendo el placer del agua caer.

En la noche nos sorprendió la lluvia y ya no quisimos dormir más, o si queríamos, pero despacito, para que no se nos escapara el placer de sentir el agua caer, que es música a nuestros oídos y paz para nuestra alma.

Ahora preparo café. Y miro cómo el mundo tiene otra cara cuando la lluvia lo ha lavado. Y tomamos un café, que deseo sea eterno, sin quitar la vista de la ventana, dejándonos asombrar con cada gota que resbala por el cristal.

No hay nadie afuera. La lluvia paraliza a quien no la aprecia; a quien no tiene tiempo de apreciarla y se queda en casa o deambula bajo un paraguas, buscando protección.
Nosotros, al terminar nuestro desayuno y con la boca sabor a café, salimos a recibir la lluvia, a dejarla recorrer nuestro cuerpo, a meter los pies en los charcos, a abrir la boca hacia arriba y empaparnos de alegría.

Como un bautismo vivimos la lluvia, por eso es nuestra agua bendita.

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