Ciudad encantada de Mazarrón

Nunca me imaginé haciendo esta típica foto de furgoneteros en la “ciudad encantada”.
Esta formación rocosa erosionada por el viento y los años está en la costa cálida, en la Región de Murcia. Esto es Bolnuevo en el Puerto de Mazarrón y aquí pasé todos los veranos de mi infancia.
Después nunca volví,…hasta ahora;
ahora que estoy recorriendo cada palmo de la geografía española con la aventura de Rocinante no podía dejarme atrás algo que pertenece a lo más intacto de mis recuerdos; voy llorando de emoción por cada rincón que reconozco y por el que no reconozco.
Mi infancia está muy bien reflejada en la serie verano azul. Así éramos en los 70/80, vivíamos montados en nuestras bicis, en pandillas, y todo era relativo, todo era posible… Han pasado 31 años desde que mi familia dejó de veranear en Mazarrón. Yo tenía 14 años y vivía mis primeros amores. Tuve una infancia feliz, así que volver aquí me está provocando un remolino de recuerdos y nostalgias. Por supuesto he ido a ver lo que fue mi casa y la casa de mis amigos, el cine bahía al que acudíamos cada noche a cenar mientras veíamos dos películas, a la heladería Josipe donde me compraba los modernos helados azules de pitufo, a la playa de la isla, al lado de casa, donde me gustaba tanto ir con mis amigos a saltar desde el peñón.
Es curioso, vivíamos al lado de esta playa, pero mi familia siempre agarró coche o lancha (según el año) y nos íbamos a la playa de Bolnuevo.
Allí, que no solo no estaba masificada, ni el gran turismo había descubierto las bondades de este agua, ni “las gredas” rocosas eran un reclamo, allí, en ese tiempo y lugar, disfrutábamos la playa casi solitaria. Pasábamos el día nadando, pescando, comiendo, disfrutando de la familia. Eran buenos tiempos que quedaron grabados en el corazón.
Todos teníamos nuestra caña de pescar y, bajo la batuta de mi yayo, el pescar se convirtió en nuestra cotidianidad. Era la pasión familiar y siempre, siempre lo hacíamos en Bolnuevo. Con las gredas a nuestras espaldas y delante un mar que desde la orilla ya es profundo. Una orilla llena de piedritas que con el vaivén de las olas produce un sonido tan relajante como glorioso… O, al menos, así lo escucho yo.

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