Detrás de la muralla

Llegó muy tarde. Nadie le avisó que cerrarían las puertas hoy. Y quedó tras la muralla escuchando cantos de juglares. Pero hoy los cantos sonaban diferentes, como sordos, apagados.

Ella era incapaz de escuchar nada, que su corazón latía con demasiada fuerza para prestar atención a otra cosa. Estaba paralizada; y esos cantos se fundieron con el latir de su corazón, apresándola, y bajito, y sin saber como, comenzó a cantar. Creía que nadie la escucharía, que nadie la buscaría, pero la roca de la muralla hizo eco de su canción y otó que alguien se acercaba a la puerta.

Entonces sucedió. La puerta sur de la gran muralla comenzó a abrirse. En su interior un mundo que jamás hubiera imaginado le esperaba. Un guardián de un solo ojo y seis dedos en cada mano salió a recibirle. Le preguntó, frunciendo el ceño, porqué ella entonaba esa melodía, de qué la conocía. Ella era incapaz de recordarlo. Esa canción brotaba sola de sus labios como el agua de un arroyo. Pero empezaron a venir imágenes a su mente como si de una película se tratara, como si no tuvieran nada que ver con ella. El guardia, haciendo un gesto con su mano, la invitó a que se sentara a su lado y le susurró algo al oído.

-¿Quieres que te cuente porqué se cerraron las puertas hoy?

Sorprendida por sus palabras un brillo de curiosidad iluminó sus ojos y, volviéndolos hacia la puerta elevó a una naciente sonrisa su mirada.

– Cada 20 años baja el ángel a este recinto cerrado. Permanece allí, quieto, escuchando el rumor del viento y de los pájaros. Es por eso que se cierran las puertas, para que nadie les moleste. Pero hoy al escuchar tus cantos desde fuera nos pidió que le abriésemos, y eso solo puede significar una cosa.- concluyó el guardián-

– Significar qué? -respondió ella entre emocionada y sorprendida.

El guardián añadió -Nadie más que yo conoce esa canción. Yo se la cantaba a mi niña para dormirla. Pero, por desgracia, esa niña falleció hace 24 años. Ella era un ser de luz, una niña muy especial, cualquiera que la conocía anhelaba su presencia día y noche, no había nadie dentro de la muralla que no quisiera a mi niña. Pero una triste noche un terrible accidente sucedió. La niña tropezó y por aquella muralla se precipitó hacia el acantilado del ángel. Alguien dijo haberlo visto, pero su cuerpo nunca apareció.

El rostro de ella cambió. El terror se apoderó de ella.

El guardía no salía de su asombro y mientras le explicaba la historia se repetía a si mismo: esa canción, tan bien entonada, esa canción que nadie conocía,… ¿Quién eres?, su rostro parecía desencajarse. -¿Quién eres? Todo le daba vueltas a su alrededor- ¿Quién eres?- su incomprensión le mareaba.- Yo soy tu padre! deseo ser tu padre,  quiero serlo, tiene que ser!!

Claro que no lo era. Esto solo hubiera pasado en la ficción. Pero algo entonces cambió. La palabra padre les llevó a ambos durante una fracción de segundo a una extraña conexión. Quedaron sin palabras. Mirándose a los ojos y entonaron a dos voces esa vieja canción de juglar. La cantaron una y otra vez. La adornaron. Y mientras tanto la vida les iba abriendo otra puerta.DSC_0470

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