despedida en rojo

No había una despedida mejor.

Ayer hice su último café en una mañana que despertaba con fuego.

Se va; la jubilo, y no porque haga mal café, no, que en ella y en mi hay mucho empeño en conseguir el sabor auténtico del despertar con el grano recién molido.

Tuvo larga y productiva vida y así lo demuestran sus cicatrices. A vosotros os la mostré siempre en silueta para que vieran lo bella que es sin que se despisten con sus desconchones. Después dejó de ser fotogénica al rompérsele el asa y ahí, curiosamente, es cuando más la fotografié.

Pero mis amigos, los que vienen a tomar café a Rocinante, respetuosos conmigo y con mi extraña admiración que le profeso a esta vieja y rota cafetera, se fueron cansando de lo poco práctico que es servirte un café agarrando la cafetera con un trapo para no quemarte y que ese café, al servirte, caiga un poco en la taza, otro poco en tu mano y otro poco más en el suelo. Así, mis amigos se han cansado y hoy me han hecho un regalo; un regalo para todos, un regalo de convivencia, del compartir; un regalo de unión a través del café. Y dos regalos son en realidad, una cafetera pequeña y cotidiana, de cortado o solo, para saborear en mi soledad y caliente mis lecturas. Y otra grande, esbelta, la mamma de las cafeteras, para recibir a todos o para cuando tenga mucho sueño!

Yo ando feliz.

Y es que los grandes regalos vienen siempre en cajas pequeñas!

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